viernes, 17 de abril de 2009

Un silencio: el más grande discurso


El aire era fresco y se colaba de repente entre las cortinas transparentes del lugar de manera sutil y cautelosa. No existía ruido, estábamos apartados de todo, como si tan sólo fuéramos él y yo; el sonido más cercano, el más perceptible, era el latir de mi corazón, un poco acelerado, trémulo. Pero conjuntamente mi cuerpo gozaba de la mayor tranquilidad.

Las paredes de color cereza, daban al ambiente una gota de intimidad, de deseable penumbra, de confidencialidad. No había frío, mucho menos calor; el estado era ideal. Más bien correspondía a nosotros brindar la calidez a aquel lugar, llenarlo de vida y de alegría. Impregnar nuestra esencia en ese espacio, barnizar cada rincón con los sentimientos que nuestras almas desprendieran.

Así, recostada en una cómoda y suave superficie de diversos, animados y cálidos colores, tenía frente a mí al hombre más encantador y maravilloso; al único que podría estar conmigo en ese momento. Sus lindos, hechiceros y taimados ojos me contemplaban, en ellos tan sólo existía mi reflejo. Su cercanía me permitió sentir su agradable olor lleno de frescura. Un olor que ha habitado ya en mi mente, que se libera cuando está ausente para hacerme recordarlo y extrañarlo más.

No preexistieron palabras de por medio, no hacían falta. Nuestras miradas lo decían todo, el mismo escenario prorrumpía su voz y se expresaba por sí solo. Existía una sincronía que nos unía, que no nos dejaba escapar y dar un paso atrás.

De repente, de sus oscuros y brillantes ojos brotaron un par de lágrimas, se desprendieron lentamente desde la comisura para después resbalar rápidamente por su rostro. Quise limpiarlas, y con mi mano esparcí una de ellas; pero recapacité y preferí dejar que se expresaran libremente. No eran lágrimas de tristeza, sino de alegría, de plenitud, incluso de felicidad. Eran un lenguaje mudo que comprendí perfectamente, entendí que al igual que yo, él tan sólo deseaba estar conmigo. Poco influía lo que sucediera en el exterior si con su mirada, que no se apartaba de mi ser, lo decía todo, si nadie nos juzgaba, si estábamos juntos.

Esta descripción poco se acerca a lo maravilloso que fue recorrerlo con la mirada, encontrar respuesta en la suya y comunicarnos un amor puro, inevitable, cautivador. Tan sólo he captado unos segundos, tal vez un minuto, de la inesperada, fantástica e inolvidable tarde que estuve a su lado, y es como volver a vivir el momento, llenarme de él y desear no separarme.

El lugar hablaba por sí solo, pero no poseía sentido ni razón de ser. La tarea fue llenarlo de nosotros, lo hicimos con ternura, inocencia, alegría, calidez, felicidad y amor. Y este silencio, su callado llanto, fue el mensaje más claro y completo que escuché.

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